“La voz natural es aire, energía y apertura” (Doñaque, 2001, pp. 10-11). Estos tres elementos definen la voz que los actores han necesitado para desarrollar su arte a lo largo de la historia. La oratoria ha estado íntimamente ligada al arte teatral desde los tiempos en los que los oradores de Grecia empezaron a dominar el arte de pronunciar discursos.
Demóstenes nunca habría llegado a ser el gran orador que fue si no hubiera ejercitado su voz. Según cuenta Plutarco, el actor Sátiro se acercó a él y le enseñó algunos ejercicios respiratorios para fortalecer su voz y aclarar su dicción. Gracias a una constante ejercitación de la musculatura y el intelecto Demóstenes superó sus problemas. No es suficiente, por tanto, entender un discurso, si se es actor; o saber escribirlo, si se es orador: también hay que saber pronunciarlo.
Aristóteles (siglo IV a.C.) desarrolla, en su Retórica, una teoría del arte de convencer por medio de la palabra. Es claro al respecto: el actor debe conocer el comportamiento de su discurso. El retórico y pedagogo Quintiliano, por su parte, (siglo I d.C.) habla en su obra canónica Instituto Oratoria del pathos o comportamiento del discurso. La retórica -compuesta por la gimnasia, la fonética, la ciencia médica y el discurso- es la principal referencia para los actores desde el Gorgias de Platón. Actualmente, puede concluirse que la expresión oral persigue tres objetivos, según Doñaque (2006, p. 6): narrar, mover y conmover.
“Si la palabra nace del grito, como expresión y prolongación del cuerpo, [esa misma palabra tras haber sido codificada] ha ocupado durante siglos un lugar central en las representaciones teatrales” (Frutos, 2013, p. 78). La historia de la voz hablada está ligada, principalmente, a los actores y a los dramaturgos. Ya Cervantes afirmaba que el actor debía saber hablar y moverse (Pedro de Urdemalas); y el Hamlet, de Shakespeare, le pedía a los actore