Si se contempla el término tensión dramática desde una actitud pasiva la aclaración y el sentido apuntan a aquella intensidad o medida con que lo sucedido o lo que está ocurriendo en escena (también en el texto, si existe) sea capaz de captar o de atraer la atención del espectador por los mismos hechos que tienen lugar o por la manera de contarlos. Si, por el contrario, la mirada que se adopta es de postura activa entonces la noción hace referencia al interés que el espectador coloca o deposita en el acontecimiento o suceso dramático que en ese concreto espacio y tiempo se halla presenciando, ya sea por su propia voluntad (enlazada a la de la obra misma) o bien por la participación personal en la construcción de la escena. Es evidente que además, el término involucra una particular vivencia del tiempo (o su latir) que se asocia a la intimidad con el atractivo y afecto personal que los sucesos y arquitecturas escénicas suscitan en el público o en cada uno de los observadores cuando la doctrina no suele tener demasiado en cuenta este aspecto. Es este un concepto, la tensión dramática, que forma parte del temperamento occidental, como el sistema tonal en la música o las tres claves (alta, media y baja) en la pintura clásica, por poner dos ejemplos canónicos de relevancia estética en Occidente. No existe cultura alguna planetaria, en sus manifestaciones escénicas, que haya abordado de manera tan viva o consciente este problema (el de la tensión debida a cada momento de una presentación, evaluada esta en términos de atención o interés conectados al preciso lugar y tiempo de un espectáculo), ya sea en el drama asiático, oriental o latinoamericano indígena.

La tensión dramática, con el carácter que desarrolla en nuestra cultura, no consiste solo en un efecto o c