Un festival de teatro se caracteriza por la reunión de diversos acontecimientos teatrales en un mismo marco, estando este delimitado en espacio y tiempo. Henri Schoenmakers (2007) define los festivales de teatro como “meta-acontecimientos”, es decir, se trata de macro-acontecimientos en los que se engloban acontecimientos teatrales individuales. Esta conceptualización es interesante debido a que permite analizar, por un lado, la macroestructura (el festival en sí, con sus características definitorias) y, por otro, las realizaciones escénicas individuales que se enmarcan en el festival. Dicha definición permite, además, el estudio de las relaciones que se establecen entre la macro-estructura (el festival) y las realizaciones escénicas.

No obstante, la concepción de los festivales de teatro como acontecimientos dedicados en exclusiva a la representación de espectáculos teatrales es bastante reciente. Los conocidos como los primeros festivales de teatro, las Grandes Dionisias en la Antigua Grecia –que incluían las representaciones de comedias, tragedias y ditirambos–, eran  realmente festivales religiosos con carácter ritual y actividades diversas. Hoy día, los festivales de teatro suelen ser acontecimientos heterogéneos, en los que se enmarcan una gran variedad de actividades artísticas y culturales. En efecto, en muchos de los festivales más relevantes el programa no está restringido al teatro (como en el caso del Festival de Edimburgo), e incluso aquellos en los que el teatro juega un papel fundamental (como en el Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro), el programa se complementa con actividades artísticas de distinta índole.

La etimología del término “festival” nos da otra de las características fundamentales de estos acontecimientos. Derivado del vocablo latino festum, “fiesta”, el término “festival” conlleva un matiz de celebración, de ahí que comúnmente se hable de “celebrar un festival”. En su origen, los festivales fueron celebraciones en honor a los dioses, con el devenir de la historia y la pérdida de su sentido religioso, los festivales de teatro conservan aún ese cariz de celebración, de tiempo festivo y extra-cotidiano (en este sentido, véanse las ideas de Falassi, 1987, y Bajtín, 1990; también Pavis, 2008, coincide en que los festivales contemporáneos preservan ese tono festivo).

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