La unión de la música y las artes escénicas siempre ha presentado un tándem complejo que avanzaba contagiándose mutuamente terminologías y elementos ligados a su concepción/ejecución/escenificación. Esta unión cobra especial importancia en los géneros escénicos concebidos junto a su parte musical, un amplio abanico que engloba ópera, zarzuela, opereta, revista y musical. Pero la importancia de los postulados sonoros utilizados en estos géneros se trasvasa a la puesta en escena, lo que compone el sonido en las escenificaciones no es solo la música, son los efectos de sonido, las voces, y el uso del silencio: “El teatro nunca es sólo un espacio visual (theatron), es siempre también un espacio sonoro (auditórium)” (Fischer-Lichte, 2011, p. 83). El sonido es, por lo tanto, uno de los elementos de significación narrativa de la puesta en escena más importantes y complejos de la configuración escénica, dado que conlleva conocimientos musicales, técnicos y teóricos: “el sonido siempre surge de una vibración, que viaja transmitiéndose por las partículas del aire y en ella nos basamos para poder dar valores a lo que suena” (Larriba, 2003, p. 159). Una onda, con su fase positiva, su fase negativa, que conforman un ciclo y éstos a su vez una frecuencia que el oído humano (sano y en parámetros estandarizados), “es capaz de percibir sonidos con frecuencias comprendidas entre 20Hz y 20 kHz […] esto es lo que se conoce como «margen de frecuencias» o «espectro de