La empatía es un fenómeno mental, automático [Mehrabian y Epstein 1972],  fundado en la observación y la imaginación [Preston y De Waal 2002], mediante el cual el sujeto se forma una idea del estado anímico de otra persona en una situación y bajo ciertas claves significativas de respuesta ante ella, ante las cuales reacciona cognitiva y/o afectivamente. Su origen [Wispe 1987]] se ubica en 1909, cuando el psicólogo experimental Edward Titchener [1867-1927] tradujo el término alemán Einfühlung –literalmente, «sentimiento en»- por la voz inglesa empathy, desde el griego ἐμπαθεία. Pese a no ser expresada abiertamente, su vínculo con el teatro occidental es ciertamente antiguo. Articula, por ejemplo, el concepto de «compasión» introducido por Aristóteles en su definición de la tragedia, pues, en palabras de Noël Carroll, «cuando Edipo está atormentado por la culpa, nosotros sentimos compasión» [2001, p. 262], para lo que es inevitable un proceso empático, que despliega una respuesta doble: de un lado, el reconocimiento del sentimiento edípico de culpa; de otro, la comprensión de la misma y nuestra capacidad para sentir compasión por Edipo, dependiendo en todo caso de nuestro umbral de sensibilidad, así como de nuestras ideas y creencias.

Theodor Lipps [1851-1914], de quien tomó Titchener el concepto, consideraba la empatía, ante todo, como una condición de posibilidad para el reconocimiento de otras criaturas con mente. Leído en clave estética, «lo que realmente caracteriza la esencia de la empatía […], en último análisis, siempre es la experiencia de un ser humano» [Lipps 1906, 49]: según esto, cualquier objeto tomado en consideración estética revela, analógica o realmente, la presencia de otro humano, desde el cereal que crece en la hierba, hasta el propio personaje de Fausto. La empatía envuelve así la propia corporalidad del sujeto en una respuesta de carácter mimético, que puede alcanzar una intensidad relevante, hasta el punto de desplegar no sólo los placeres de una imitación interna y analógica de los afectos involucrados, sino incluso externa, facial o corporal, tal y como el propio Vsevolod Meyerhold [1874-1940], influido por la atmósfera de teoría creada tras la