La anagnórisis se define tradicionalmente como un recurso de la estructura narrativa clásica relacionado con el personaje. Por medio del reencuentro con otro personaje, el reconocimiento de su identidad y las consecuencias de sus actos, o ambos aspectos de un tercero, el personaje pasa de la ignorancia al conocimiento y altera su conducta dando paso al desenlace afortunado o desgraciado.

El origen de este término fue formulado por Aristóteles en su Poética ligado al personaje de la tragedia clásica griega y vinculado con la peripecia* para lograr la catarsis* (Aristóteles, 1999, p. 164-165). Así mismo, relató los tipos de anagnórisis, señalando la importancia de que estos surjan de acciones verosímiles. Es por ello que destacaba la modalidad más trágica, aquella que se genera tras la acción* fatal del personaje y por la que este descubre los lazos amistosos: “mejor aún es que el personaje la ejecute sin conocer al otro y, después de ejecutarla, le reconozca; pues así no se da lo repulsivo, y la agnición es aterradora” (Aristóteles, 1999, p. 177).

En ocasiones, el vocablo anagnórisis se ha traducido al castellano como ’agnición’. De hecho, en el Diccionario de la Real Academia Española (RAE) se unen ambos términos. Sin embargo, en la actualidad gran parte de los teóricos han reformulado la anagnórisis sobre su traducción al castellano como ‘reconocimiento’ (Doménech, 2016, p. 122, y Pavis, 1998, p. 386-387, 555)

En la narrativa contemporánea, el concepto de anagnórisis profundiza en la identidad del personaje como crecimiento en el “conocimiento de sí mismo” (Alesso, Guardia y Rueda, 1996, p. 55) y del mundo que le rodea a través de un “un aprendizaje doloroso” que “cumple el mandato (enseñanza clave) de la tragedia” (Alonso de Santos, 2012, p. 231). Este aprendizaje evidencia rasgos psicoanalíticos, existenciales y sociales y muestra al personaje como un ser individual cuyo oponente es el interés común de una sociedad globalizada.

No obstante, la anagnórisis no debe relacionarse en exclusiva con el personaje: el lector o espectador puede reconocer en el escenario o en la obra artística “una realidad, un sentimiento, una actitud que ya cree haber experim